COLGAR LOS CUERNOS

COLGAR LOS CUERNOS

Hace ya unos días tuve la oportunidad de ver la última película de Lanthimos: El sacrificio de un ciervo sagrado. (Siendo como soy defensora de la vuelta a la fábula y a la parábola como el camino para comprender el caos, no es de extrañar que el cineasta griego me parezca de lo mejor que ha surgido del cine en los últimos tiempos) El caso es que, a la salida, comenzó el habitual intercambio de opiniones, lo que viene siendo conversar… Una conversación que comenzó algo tímida, pero que poco a poco se fue animando… Para mí esas conversaciones son las mejores, esas que comienzan casi con pereza, o desgana… pero que luego acaban medio a gritos por la euforia, pasando de El reino de Carrère a a las tragedias de Eurípides, de los pasajes más polémicos del Antiguo Testamento, a las ideas de Foucault sobre el nuevo… Esas conversaciones… Conversaciones que comienzan tibias, transitando los caminos de lo ya dicho, pero que en ese acto de prepotencia, por otro lado tan humano, uno juega a ser Dios intentando darle una explicación al sistema… Y es que empiezas por querer desmontar el funcionamiento del patriarcado y te enganchas a querer comprender los entresijos de la familia, de la política, o de la religión, y todo eso haciendo muchos aspavientos en mitad de la Plaza Mayor plagada de lucecitas y casetas con objetos navideños de lo más variopintos, más variopintos que nuestra conversación si cabe, y entre esos objetos… cuernos… El sacrificio de un ciervo sagrado, pienso… qué prepotente Lanthimos… Y entonces pienso en los cuernos… y en el sometimiento de los débiles… y pienso en los cuernos… y en el sacrificio… Y me voy dándole vueltas a la idea del chivo expiatorio, de las víctimas por… amor… Y es que de todo esto va la película, de un padre que ha de sacrificar a un hijo, de un hijo que ha de ser sacrificado para restaurar la armonía, de la obediencia, de la culpa del… amor… Y me cuestiono, entonces, si no será esa idea de amor, esa idea perniciosa, una idea que nos venden para que aceptemos el sistema tal y como es, para que no nos rebelemos… Cuernos… Amor… Cuernos… Amor… «Poner los cuernos», pienso… Y entonces me acuerdo del derecho de pernada, que de ahí viene la expresión, del derecho de pernada. Tanto los vikingos como los nobles británicos colgaban los cuernos en la puerta cuando estaban haciendo uso del cuerpo de una mujer, una mujer que les correspondía por su derecho… divino… Y me pregunto si esas mujeres, al sacrificarse por el sistema, pensaban en el amor… O si por el contrario, en su mente, deseaban correr… como ciervos… El amor, pienso… Una idea perniciosa. Y entonces cuelgo los cuernos de Lolita en el pomo de la puerta, porque si algún amor me somete, si alguno me inclina… al sacrificio… es el amor por mi pequeña.